REFLEXIÓN ADRÍAN LEBARÓN A UN AÑO DE LA MASACRE DE SU FAMILIA EN LA “CEREMONIA MEMORIAL”

4 de Noviembre de 2020

Buenas tardes a todos los que pudieron venir, familia, amigos, vecinos, a los medios de comunicación y a todos los que nos han dado una palabra o palmada de aliento a lo largo de este año, que ha sido el más duro de toda mi vida.
Y no sólo para mí, para los hermanos de Ronhita, para su mamá Shalom de quien admiro su entereza y valor para mantenerse de pie, aún cuando muchas veces las cosas que vivíamos nos pedían hacer un alto en el camino, y retroceder, volver a nuestras comunidades y callar, pero gracias a ella, al recuerdo de mi familia, de mi hija y nietos, supe que no era una opción regresar a casa con las manos vacías.
Así, el 4 de noviembre pasado inicio un venturoso peregrinaje.
Primero comenzamos al llegar al lugar de la masacre.
Aún me recuerdo de pie, llorando, como si todo fuera una pesadilla, como si el infierno desatado en ese pedazo de tierra, fuera un sueño, un mal sueño.
Me atrevo a confesarle que en ocasiones, aún al cerrar los ojos tengo la esperanza que al abrirlos todo haya sido producto de una mala noche, que sea una pesadilla, la peor que pueda atravesar un ser humano, pero después de secarme el sudor de la frente, pudiera tomar mi teléfono, marcarle y me conteste con esas palabras alegres que siempre tenía, que transmitía y contagiaba.
Pero sé que no es así, que ella se nos adelantó y se fue con mis nietos, bien tomaditos de la mano, caminando despacio, con ese caminar de los justos y nobles de corazón, se fueron alegres, en ascenso, cuidándolos porque si bien les faltó vida a esos pequeños, les sobraba amor de madre.
Muy posiblemente hoy estés aquí Ronhi.
Así que a un año hija, te he llorado mucho, otras tantas me las he tragado con tal de no preocupar a nadie, he reído al recordar tus ocurrencias y travesuras, aunque la verdad siempre fuiste una niña tranquila.
En este año hija, ha crecido la familia, muchos ya se reunieron contigo, otros ya sembraron, otros cosecharon, tus hermanos ampliaron sus casas, y entre muchos les echamos la mano.
La vida siguió hija.
En este año nos fuimos a caminar de Cuernavaca a la Ciudad de México, caminamos descalzos en honor a Mackenzie.


Al ver que no llegaba ayuda, decidió caminar por en medio de la noche entre la maleza y los animales, con su piecito descalzo, estoy seguro que en cada paso fue arando la tierra, porque sembró en cada uno de nosotros una fuerza increíble, con aroma a fe y mucho valor.
En esa marcha nos dedicamos a sacar nuestro dolor paso a paso, a calmarlo un poco, a que se cansara el halo de venganza que, siendo sincero, algunas veces se asoma. Pero decidí que no, que yo buscaba justicia, nunca venganza, porque sería tan inútil como tomarme yo un veneno esperando que le hiciera mal al otro.
Caminamos mucho hija, hemos pasado horas encerrados con las autoridades quienes nos tratan de explicar como pudo ocurrir ese episodio tan negro para la historia de nuestra amada patria.
Han sido muchas horas y días tratando de entender que fue lo que pasó, queremos saber un porqué, un solo “porqué”, así quizá tendríamos un poco más de calma, veríamos que todo tuvo una lógica, por más aterradora que haya sido, por más inaceptable que la encontremos
Pero hasta hoy seguimos casi igual que el día que te perdimos.
Alguna vez te fuimos a visitar hija y aún me encontré con cenizas sobre esa tierra en la que tantas veces transitamos, tomé un puño y las ofrendé al viento, para que recorrieran cada rincón de este país, porque me hice un juramento, bien personal, bien profundo y hoy lo comparto.
La justicia que pido no termina con ver a tus asesinos presos, no. La justicia que pido es que tus huérfanos vivan en este país con paz y libertad, sin miedos, que piensen que perder a su querida madre provocó una avalancha de fe y esperanza que hizo que todo cambiara.
En estos pasos me he encontrado a gente muy buena, a luchadores imprescindibles, a gente que quiere bien a su país, a gente destrozada por dentro que busca a sus desaparecidos, he visto padres llorar por sus hijos enfermos, y todos nos han dado una palabra de aliento.
Así que hija, hoy refrendo mi compromiso de no detenerme, no cansarme, de tocar las puertas y los corazones que sean necesarios hasta encontrarte de nuevo.


Quiero que ese pueblo bonito en el que naciste deje de terne miedo, vamos a recuperar municipio por municipio al país, porque así se comieron los criminales nuestra paz, se metieron como humedad, y no nos dimos cuenta que de repente ya estaban instalando su reinado de terror.
No sé cuanto tenga que pasar hija, pero hoy guardaré mis lágrimas, y las sacaré todas cuando te vuelva a ver y serán de alegría.
Hoy rompemos el luto que te guardamos para revisar todas y cada una de las estrategias que me permitan ofrecerte algo bueno cuando te vuelva a ver.
Hoy vamos a llamar a la gente a que no se espere a que la tragedia toque a su puerta para actuar, y sí, les voy a platicar de ti, nunca me voy a cansar de platicar de ti, ¿sabes por qué? Porque un día el dolor unió a México, en serio, descubrimos que a todos nos duele algo, todo tenemos heridas en el alma, y al encontrar a otra alma rota nos buscamos y nos completamos.
Si el dolor nos unió, la esperanza nos hará caminar, y el amor por nuestra libertad, nos hará volar.
Que se sumen quienes no tengan miedo a perder algunas plumas, porque el cielo es más azul que nunca, más cálido y prometedor.
Algún día, te volveré a encontrar hija, y re prometo darte buenas cuentas, decirte que tus hijos son gente de bien, que tu familia es feliz y que nuestro país cambió, y todos nos convertimos un poco en justicieros, de los buenos, de los que luchan siempre… y por todos.
Descansa, y dales muchos besos a mis nietos.

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